Press release

Juan Planes, emprendedor experto de inteligencia emocional, afirma que la clave del éxito de las naciones es el respeto a unas reglas de juego. Afirma que el Estado fracasa cuando los ciudadanos pierden la conciencia de comunidad. Ne El Mundo del 18 de mayo de 2012.


¿Ha pensado alguna vez en si usted puede fiarse de la mayoría de la gente? Aunque le cueste creerlo la respuesta esconde la clave de por qué unas naciones han progresado económica, cultural y socialmente más que otras. Dos estudios realizados hace ya más de una década por Stephen Knack y Philip Keffer y por este último junto a Paul J. Zak demuestran que existe una fuerte correlación entre honestidad y desarrollo económico. La primera investigación mide el factor confianza estudiando las respuestas dadas por las personas de 29 países a la pregunta «¿diría usted que puede fiarse de la mayoría de la gente?», y mide también el factor conciencia cívica valorando en qué nivel consideran aceptables los ciudadanos las siguientes situaciones: cobrar un beneficio social sin merecerlo, no pagar el billete del metro, defraudar a Hacienda, quedarse con una cartera perdida y ocultar un golpe que damos a un vehículo aparcado. Pues bien, España se sitúa en la franja intermedia de la variable confianza (34,5), mientras que los cuatro países escandinavos, liderados por Noruega, se ponen a la cabeza (con 57,9 de media) y en la cola aparece Brasil (6,7).

La segunda investigación señala la fuerte correlación entre esos dos factores y el nivel de crecimiento en esos 29 países en el período 1970-1992. Detrás de cada transacción económica subyace la confianza: vendes a crédito esperando cobrar, compras esperando que no te den gato por liebre, pagas un salario confiando en que el trabajador haga las tareas propias del trabajo aunque no puedas controlar todo lo que hace…

La confianza subyace también en cada decisión de ahorro e inversión: confías en que el dinero estará en el banco cuando lo necesites, en que el Gobierno no cambiará mucho la regulación fiscal que te hace prever un beneficio determinado o en que no tendrás que pagar un soborno para obtener una autorización administrativa.

Resulta evidente que la clave del éxito de aquellas naciones debe residir en sus valores patrios, entendidos como los principios que comparten la mayoría de sus conciudadanos, y en las reglas del juego, formales e informales, que se otorgan para convivir. Y digo que debe residir ahí porque los psicólogos han descartado que exista nada parecido a lo que denominaríamos un carácter nacional, entendido como conjunto de rasgos de personalidad.

Tengo la convicción de que España nunca estará a la cabeza del desarrollo social y económico mientras no puedas adquirir prensa cogiéndola de una cesta en la calle y dejando voluntariamente una moneda (Suiza), olvidarte el portátil en el banco de un parque y volver el día siguiente con la tranquilidad de que allí lo encontrarás (Japón) o pagar tú mismo, sin cajero ni vigilante, la compra en el supermercado (Gran Bretaña).

La confianza hace más fácil los negocios, favorece la inversión y, consecuentemente, incrementa el nivel de vida de todos. La colaboración y el altruismo están en la base del extraordinario desarrollo alcanzado por el ser humano. El amor de los padres nos permite sobrevivir durante la niñez, la colaboración permitió cazar piezas más grandes y protegerse mejor de los enemigos, la ayuda al enfermo, al débil y al anciano de la tribu era la base de la cohesión. Las necesidades básicas y de desarrollo de las personas han estado cubiertas por los más próximos porque siempre ha existido el pacto no escrito de que todos, y digo todos, contribuyen al bien común.

De igual manera, en los países libres, el progreso colectivo es la mejor palanca para el progreso individual. Como ejemplo, basta observar que las grandes fortunas suelen crearse en países ricos y que los nuevos millonarios de países en vías de desarrollo surgen precisamente cuando estas naciones emergen.

Las dos investigaciones antes mencionadas también señalan que en las sociedades más homogéneas, con menos discriminación y con una distribución más igualitaria de los ingresos existe más confianza y, consecuentemente, más progreso. En las sociedades modernas es el Estado el que asume en buena medida el papel que la familia, la tribu o el poblado realizaban en el pasado: proveer bienestar y cubrir muchas de las necesidades de sus miembros.

La educación, la sanidad y, para muchos ciudadanos, la ayuda económica básica para sobrevivir -pensiones, subsidios- es ahora responsabilidad del Estado. En España, en Europa, existe un amplio consenso en que corresponde al Estado garantizar esos pilares a todos sus ciudadanos y no hay abierto un debate al respecto.

Ese nuevo rol que asume el Estado es insostenible si no tiene el contrapeso de la honestidad, tanto de sus dirigentes como del pueblo, y de la equidad. Si queremos un Estado fuerte (no es sinónimo de grande) y eficaz necesitamos dotarnos de mecanismos que garanticen que no se produce un abuso del Estado ni por parte del pueblo ni de sus líderes.

El gigantesco tamaño del Estado, comparado con el de una pequeña comunidad, hace muy difícil tanto que los ciudadanos sientan que éste es algo propio que merece la pena ser protegido como la implementación de mecanismos de control al abuso.

En el pasado, si en un poblado alguien abusaba de la solidaridad de sus convecinos era sancionado socialmente. Ahora, en la medida en que nos parece que el Estado es un ente ajeno a nosotros, se entiende permitido tomar ventaja del dinero de todos, pues parece que no es de nadie, sin recibir castigo social, y con frecuencia sin siquiera sentir uno mismo que se está aprovechando del esfuerzo de los demás.

Así, que un pensionista saque medicinas gratuitas para toda su familia, que alguien suspenda todas las asignaturas y pueda seguir estudiando en la universidad, que una institución pública tenga un 20% de absentismo laboral, que no se declaren todos los ingresos al fisco o que alguien se las arregle para cobrar el paro irregularmente son prácticas comúnmente aceptadas. Y lo que es peor, que los dirigentes monten empresas públicas, o creen puestos innecesarios, para colocar a sus amigos, que se regalen a sí mismos pensiones vitalicias, que derrochen, que justifiquen a sus compañeros corruptos, que oculten facturas o que mientan para ganar elecciones, o para permanecer en sus puestos, no nos escandaliza.

Si queremos mantener las funciones básicas y beneficios que nos proporciona el Estado tenemos dos caminos, o convertirnos en noruegos y cambiar nuestros valores colectivos y colocar la honestidad y la justicia como pilares básicos de la nación, o cambiar las regulaciones noruegas que permiten a ciudadanos y dirigentes españoles abusar del Estado. Pensando en el corto plazo, ¿podemos los españoles hacernos noruegos? Pensando a largo plazo, ¿podemos permitirnos no hacernos noruegos?

de Juan Planes
(El Mundo - 18/05/2012)



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