La alergia, enfermedad propia de esta época del año, se ha duplicado en los últimos diez años. Ese aumento y la gravedad de algunas de sus formas, han motivado la investigación del IOBA, que lleva trabajando en el campo de la alergia ocular desde hace más de 15 años.
Entre el 20 y el 30% de la población de los países industrializados sufre problemas alérgicos, y de ellos, el 50% padece alergias oculares, ya que el ojo es uno de los órganos más frecuentemente afectados por estos fenómenos. “Por estar directa y abiertamente expuesto al medio ambiente, la superficie del ojo es un blanco fácil de las sustancias desencadenantes de alergia (alergenos) que, como los pólenes, epitelios animales, los ácaros del polvo, esporas de hongos, etc, son trasmitidos por el aire”, explica la Dra. Margarita Calonge, catedrática de Oftalmología y directora del Grupo de Superficie Ocular del IOBA. Además de existir unos factores genéticos que predisponen a las alergias, el actual estilo de vida provoca que haya una mayor exposición a alergenos por las moquetas, el aire acondicionado, la calefacción, la polución, el tabaco, los fármacos, los conservantes de los colirios, etc.
Pero si la alergia en general no es igual en todas las personas, lo mismo ocurre a nivel ocular. Aunque casi todas las alergias oculares tienen síntomas comunes (prurito, hiperemia, moco, lagrimeo) existen diversas formas clínicas. Los ojos pueden verse afectados, sin riesgo para la visión, por una conjuntivitis alérgica o tener riesgo de daño en la córnea por una queratoconjuntivitis vernal o atópica, con la posibilidad de pérdida de visión. La alergia puede ser crónica o perenne, o estacional –ocurriendo típicamente en la primavera y el otoño-.
La conjuntivitis alérgica es la más frecuente pero la más leve, puesto que, aparte de una molesta sensación de irritación, picor y lagrimeo, no supone riesgo para la visión y responde bien a la medicación. Otra variante es la que desarrollan algunos de los portadores de lentes de contacto, la conjuntivitis papilar gigante, que se cura si cesa de llevarlas. Esta alergia tampoco supone un riesgo para la visión, aunque responde mal a la medicación y obliga al paciente a buscar otra forma de corregir su defecto de refracción.
Pero existen otras dos formas más lo suficientemente serias como para poder afectar a la visión. La llamada queratoconjuntivitis vernal, que ocurre sobre todo en los niños y es más frecuente en los climas cálidos, y la queratoconjuntivitis atópica, que aparece en aquellos individuos que tienen o tuvieron una dermatitis o ezcema atópico. Ésta es la forma más grave de alergia ocular aunque, afortunadamente, la menos frecuente. Es una conjuntivitis cicatrizante, con tendencia a infectarse y los enfermos padecen una blefaritis frecuente y grave. En el 70% de los casos afecta a la córnea, por lo que puede causar ceguera y requiere un abordaje multidisciplinario.
“Al tener la idea errónea de que la alergia no puede llegar a ser un problema serio desde el punto de vista visual, algunos de estos procesos pasan a menudo sin diagnosticar y, por lo tanto, los pacientes inician un calvario de tratamientos inadecuados”, asegura la Dra. Calonge. Para el correcto manejo de estos pacientes, se necesita la colaboración entre oftalmólogos y otros especialistas. Además, afirma que existe otro problema, ya que “para las formas de alergia ocular grave apenas existen fármacos capaces de controlar su proceso inflamatorio y la mayoría de los pacientes han de someterse a multiterapias que, en muchos casos, no logran librar al paciente de las molestias ni del riesgo de perder visión”. Es precisamente en este último aspecto donde el Grupo de Superficie Ocular del IOBA centra su línea de investigación en alergia ocular: intentando encontrar fármacos más específicos (que no afecten a otros procesos celulares, sino sólo a la inflamación alérgica), más potentes (que inhiban la cadena inflamatoria alérgica desde su inicio y no cuando ya se ha puesto en marcha) y con menos efectos secundarios (es decir, que puedan usarse durante mucho tiempo).