Propuestas para
la (auto)crítica constructiva
Autor: Juan Gonzalo (*)
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Me piden que haga una valoración de la cobertura tecnológica
que realiza la prensa española a propósito del estudio,
basado en medios escritos, realizado por Acceso sobre ese ámbito
del periodismo.
La primera matización que considero necesaria es que no
me considero ningún experto en ese campo, y la única
justificación de este artículo se basa en mi pasión
por esa faceta profesional, que espero compartir con los lectores
del estudio. La segunda matización, en el espíritu
de "full disclosure" o transparencia absoluta que debería
presidir nuestro ejercicio profesional, es que, al ser el periodismo
tecnológico mi especialidad, tengo muy presente que cualquier
carencia, punto débil o crítica (constructiva) me
atañe tanto a mí como al resto de mis compañeros
y a los medios en general.
Dicho esto, ofrezco algunas reflexiones, a modo de los RFC que
apoyaron el desarrollo de los protocolos de Internet, que espero
susciten comentarios cargados de complicidad o de sana discrepancia.
1. El valor de las (h)referencias
Sin ánimo de caer en el papanatismo, quiero citar algunos
ejemplos de modelos de comunicación cuyo indudable valor
como referencia no ha sido, en mi opinión, suficientemente
aprovechado por los periodistas y los responsables de la información
tecnológica en los medios españoles.
Recientemente, la publicación electrónica Wired News
recibió el enésimo reconocimiento a su labor informativa
por parte de los usuarios que participaron en la votación de
los Webby Awards, en la categoría People's choice (la elección
del pueblo). Buena parte de la comunidad informática se entera
antes de un posible agresión a su intimidad en los foros de
Barrapunto.com o Slashdot.org que en cualquier medio escrito, generalista
o especializado. Los buitres de la publicación británica
The Register están más enterados sobre la evolución
de los fabricantes de microprocesadores (y de equipos informáticos
en general) y su relación con las empresas de programas y las
fuerzas de seguridad -dos temas clave- que los grandes medios.
No está nada mal, si tenemos en cuenta el proverbial desprecio
de la prensa de papel hacia los medios electrónicos (incluso
a los de su propiedad), una actitud que sólo puede estar
basada en la ignorancia acerca de sus posibilidades como medio de
comunicación y en su consideración como meras fuentes
de beneficios vía publicidad, patrocinios, acuerdos financieros
o posición en las clasificaciones de audiencias.
De ese desprecio o desconocimiento se deriva la incapacidad para
extraer conclusiones y reflexionar sin complejos sobre cómo
se debe cubrir una información o qué tipo de temas
preocupan a los ciudadanos.
Esta realidad, de la que todos somos responsables según nuestro
nivel de vinculación con el proceso de toma de decisiones en
una redacción, implica que a nuestros lectores se les están
ocultando informaciones que afectan, de manera creciente, a su vida
laboral, a sus libertades y derechos fundamentales, a sus oportunidades
de cualificación personal y profesional y a su integración
en la sociedad.
Creo que no hay más que echar un vistazo a alguna de las
publicaciones quehe citado anteriormente para darse cuenta de que
en España abunda el refrito, las traducciones injustificadas,
el plagio descarado (en ocasiones, dentro de una misma organización),
la reproducción de artículos de agencia que nunca
debieron ser distribuidos, por su patente falta de rigor, a los
abonados...
Es duro fijarse en un modelo donde el listón -pese a sus imperfecciones-
está tan alto, pero así es como se hace buen periodismo:
fijándose en los que lo hacen mejor.
2. La calidad
tiene un precio
Algunos de esos defectos, que todos estamos interesados (creo) en
subsanar, dependen, en gran medida, de la inversión que un
medio esté dispuesto a realizar en un área informativa.
Muchos redactores jefe, subdirectores y demás personal directivo
están convencidos de que se puede hacer información
sobre tecnología con dos duros, con dos becarios o con dos
teletipos cualesquiera (sin hiperenlaces, sin información de
contexto, sin ser contrastados, sin declaraciones).
Esta mentalidad centenaria (la del 'todo a cien') es el origen de
gran parte de los males que aquejan a esta profesión: rara
vez se ven informaciones propias en la prensa; apenas se pueden leer
entrevistas a verdaderos expertos realizadas por especialistas; pocos
periodistas tienen la fortuna de cubrir un congreso interesante si
no está pagado por la empresa de turno o su agencia de relaciones
públicas; es rarísimo ver un reportaje planificado con
tiempo que aporte, más allá del dato económico
o la mera información de producto, una perspectiva temporal,
científica y sociocultural a un hecho noticioso, y son las
empresas y administraciones las que marcan, con demasiada frecuencia,
el ritmo informativo.
Aquí tiene mucho que ver una cualidad que no es específica
de nuestro ámbito, sino un mal generalizado en la profesión:
la precariedad laboral e informativa, cuyos síntomas habituales
(la falta de profesionalidad, el sensacionalismo encubierto, el
'institucionalismo', la ausencia de tiempo para la propia formación,
la competencia salvaje, la 'firmitis' patológica et alia)
se
convierten en agudos cuando se intenta abordar temas complejos.
Desde luego, no sirve ser consciente de todas estas limitaciones
si no convencemos a los medios de que la calidad tiene un precio
y de que en periodismo tampoco funciona la fórmula de "duros
a peseta". Pero para darse cuenta de la gravedad de la situación
hay que tener, antes, la sinceridad y la valentía de abordar
ese debate.
3. Pensar es gratis
y productivo
No me resisto a reproducir, animus jocandi, una frase premonitoria
que leí hace tiempo en el imprescindible manual de heterodoxia
informativa "Suck: Worst-case scenarios in media, culture, advertising,
and the Internet", editado por Joey Anuff e ilustrado por el
inefable Terry Colon. "El discurso inteligente y razonado es
más inusual que los avistamientos de Bill Gates en los comedores
de caridad de Seattle".
Esto se puede aplicar a nuestro propio trabajo, y me incluyo, como
en todo este artículo, en el mea culpa. Una de las paradojas
que más me han chocado en los años (pocos) en los que
que he ejercido el periodismo especializado es el aparente desinterés
que tenemos en este gremio de freaks o seres extraños por dedicar
un tiempo a pensar sobre lo que estamos haciendo, cómo lo estamos
haciendo y, sobre todo, qué podemos mejorar. He asistido a
algún que otro evento/aquelarre de plumillas informatizados,
pero no he visto apenas debates sobre nuestro campo de especialización,
sobre las grandes cuestiones de la cibercultura y su impacto en la
sociedad.
También brillan por su ausencia las oportunidades de formación
en los medios. Dos de mis fantasías más recurrentes
tienen que ver con la protagonista de Matrix (Loaded, Reloaded,
Downloaded... en el mundo onírico todo es posible) y con
el advenimiento de una nueva era en las empresas informativas donde
un redactor no tenga que pedir una excedencia para hacer
un curso de Internet y la formación continua no sea un simple
titular, sino una realidad.
La formación, que es (debería ser) un componente
básico en la gestión de recursos humanos, es más
necesaria en el periodismo tecnológico que el disco de arranque
en determinados sistemas operativos. Cuando los medios entiendan
esto, lograremos, quizá, sacar otras conclusiones acerca
de nuestra labor informativa.
4. Comunicaware, infotainment
y otros engendros
Una de las plagas que asolan la prensa es la profusión de
gabinetes de comunicación y departamentos de relaciones públicas
que, por alguna extraña razón, están convencidos
de que, a fuerza de machacar al periodista con comunicados, ruedas
de prensa, comidas más o menos pantagruélicas y otras
técnicas, acabarán teniendo un hueco para su producto
en las páginas de un diario económico o generalista.
Este articulista piensa que el filtro que los medios deberían
aplicar a esa cantidad de información --casi siempre comercial,
y pocas veces con auténtico valor informativo-- se ha convertido
en un coladero. Desde las tribunas infumables de directores de márketing
pagadas por sus empresas a los (publi)reportajes sobre tecnología
puntera donde la empresa poco menos que anuncia su producto, los
periódicos tienden a publicar historias que dejan al lector
medianamente informado preguntándose si se puede confirmar
en el criterio periodístico de los medios y en su independencia
frente a las grandes empresas e instituciones.
Otro de los talones de Aquiles del periodismo hispano tiene que
ver con el infotainment, un término nada novedoso que resultará
familiar a los aficionados a la teoría crítica de
la comunicación de masas (Postman, Chomsky, Schiller, etcétera),
y que alude a la venta de entretenimiento como si fuera información,
con la excusa de que "no se puede aburrir al lector".
Pues bien, ese empaquetado se ha instalado hoy en el periodismo
tecnológico como una contrapartida "amable" y lúdica
que los medios convencionales suelen reservar casi siempre para
sus publicaciones electrónicas, como un modo de "aligerar"
el supuesto rigor de la información económica, social
o cultural que cabría esperar de un periódico.
Así, encontramos historias en los medios tradicionales sobre
programas de ocio cuyo tratamiento adecuado presupone una capacidad
de análisis y comparación que sólo tienen las
revistas especializadas de informática. Hallamos, también,
historias que, a pesar de tener suficiente potencial como para ser
complementadas con claves sociológicas, culturales o tecnológicas,
se quedan en un ejercicio de banalidad, sin contestación
o asombro
manifiesto por parte de ningún responsable informativo. Y,
por supuesto, no hay pudor que valga cuando se trata de hacer más
autobombo que Manolo con la selección española de
fútbol.
Pero más importante aún que lo que vemos es lo que
no vemos en los periódicos: por qué fracasa un proyecto
tecnológico, cuánto hay de verdad en una promesa electoral,
en un discurso sobre la "sociedad de la información",
cuánta gente se beneficia realmente del acceso a las comunicaciones,
cómo se invierte el dinero público, de qué manera
controlan las empresas el curso de la tecnología, cómo
está cambiando nuestro modo de relacionarnos, de pensar, de
trabajar, de crear...
Constance Hale, editor de la revista mensual Wired, hace una afirmación
en el prólogo del libro de estilo de la publicación
que merece la pena copiar-y-pegar, aun a riesgo de que se me acuse
de convertir esta reflexión en un casa de citas: "No había
nada que respondiera completamente a las cuestiones editoriales que
nos planteamos a diario. Así que creamos Wired Style".
Esa constante interrogación, el rechazo a convertirse en meros
amplificadores de los mensajes que nos llegan de otras instancias,
es la actitud que nos permitirá eludir los tres grandes "ismos"
del periodismo tecnológico, reflejo de la prensa en general:
el servilismo, el amarillismo y el provincianismo.
Parafraseando y manipulando --deformación profesional--
el eslogan del weblog comunitario Slashdot.org, intentemos hacer
"News for _everyone_. Stuff that matters" (Noticias para
_todos_. Cosas que importan").
Todos saldremos beneficiados.
* Juan Gonzalo es periodista
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