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Cuando nos acercamos a un estudio sobre cualquier aspecto relacionado
con Internet podemos estar seguros de que van a ser muchas las
sorpresas con las que tropecemos. Básicamente, porque
nadie garantiza el universo real del muestreo o consulta en
que se basa el estudio, la caracterización del universo
mencionado o la forma en que se ha procedido a la selección
del mismo, ni mucho menos conocemos los perfiles reales de los
sujetos que directa o indirectamente hayan sido el motivo de
la encuesta/muestreo/consulta/captura alegal de logs.
Hete aquí que sólo aquellos estudios que parten
de realidades fácilmente constatables pueden ofrecernos
cierta credibilidad en sus resultados, como ocurre en el caso
de este estudio sobre la atención que los medios ofrecen
a la Red de redes y su entorno económico, técnico
o sociológico. Pero… ¿cómo estar
seguros de la credibilidad de lo que antes hemos filtrado nosotros
de la realidad o han filtrado compañeros nuestros cuyo
interés o conocimiento sobre la materia es tan superfluo
en ocasiones como la rubia natural de la esquina que siempre
nos pide que le hablemos despacio?
En principio, un estudio sobre la cobertura mediática
y el tono informativo de las noticias relacionadas con Internet,
como el realizado por AccesoMetrix y acceso.com en colaboración
con la AUI durante el mes de abril, no debe presentar ninguna
dificultad en medir la cantidad de información publicada
sobre Internet en la prensa nacional, sus ediciones y suplementos
(y medir por tanto su repercusión mediática) ni
tampoco en constatar el tono de estas informaciones (positivo,
negativo o neutro), aún cuando la caracterización
como positiva o negativa de una información sea algo
tan subjetivo como imposible de matizar convenientemente en
muchos casos si no es abstrayéndose por completo del
contexto en que se mueve el encargado o encargados de esta calificación.
Igualmente, no debe resultar comprometedor comprobar cuáles
son los temas de mayor interés para los medios dentro
del tema "Internet" y por tanto, cuáles son
los que acaparan mayor número de páginas. Sí
lo sería lo que podría aclarar un poco más
esa tendencia temática: el proceso de producción
real por el que una redacción, sección o diario
eligen tal o cual tema, le han asignado en “esa ocasión”
constante una extensión determinada y qué ha empujado
al responsable de la sección, suplemento o página
en cuestión a ponderar más o menos tal o cual
despiece, breve o columna complementaria.
Neutro de materia
Las lenguas más viejas de la península (en realidad
sólo una, la asturiana) han mantenido una vieja costumbre
latina que las demás lenguas romances peninsulares han
perdido inopinadamente: el neutro de materia. Consiste tal elemento
indeseable en la caracterización como neutro de cualquier
adjetivo que se le asocie a un nombre incontable sin permitir
como en castellano concordancia de número. La leche estará
entonces “frio” y no fría, la juventud “contento”
y no contenta, etcétera, etcétera, etcétera.
Y algo así debe ocurrir con la neutralidad que el estudio
dice que muestran la mayoría de las noticias cuando su
leit-motiv es la Red. A quien suscribe le preocupa particularmente
que sólo un miserable uno por ciento tenga connotaciones
positivas, entre otras cosas porque cansado de descubrir en
cursos de formación ocupacional las beldades de la Red
de redes a adolescentes inquietos, prejubilados ociosos, profesionales
despistados, albañiles extraña y mayoritariamente
cultos o veteranos pero interesadamente modernos, no entiende
porque suscita entre los profesionales que más partido
pueden y deben sacar de Internet tan escaso entusiasmo.
Y me abruma aún más si cabe que la balanza del
escaso optimismo se confronte con las también escasas
noticias negativas publicadas, que además están
directamente relacionadas con dos noticias que surgieron en
el mes objeto de estudio: el fracaso de Info XXI y los malos
resultados de Terra.
¿No será que hemos perdido el norte quienes hemos
sido tocados por la gracia divina de una nueva sociedad en la
que nuestro viejo oficio (no el más pero casi) pasa de
ser vilipendiado a eje central de la sociedad, la economía
y la cultura? ¿No será que probablemente no estuviéramos
preparados como colectivo, profesional, cultural y humano, para
que de pronto los hados pusieran en nuestras manos tamaña
responsabilidad? Responder a estas preguntas puede añadir
en exceso connotaciones “sarcónicas” (esto
es, sarcásticas e irónicas a un tiempo) a un liviano
análisis que no pretende más que apuntar propuestas
de reflexión al quehacer cotidiano de periodistas digitales
y tradicionales, pertenezcan a la noble prensa impresa, a la
ignorada pero influyente radiofónica, al vertedero televisual
creciente o al siempre olvidado lenguaje cinematográfico
y, sin embargo, también informativo.
Pero estamos hablando de lenguaje hipertextual y nos estamos
olvidando de la esencia: la información. Y esa esencia,
como la especia de Arrakis, ha dejado hace tiempo de ser controlada
por los Harkonnen, ha vuelto hace tiempo a las manos a las que
pertenecía, las de los Fremen, moradores del desierto
informativo en que nos ha sumido la desidia y la falta de cabeza
y perspectiva de una clase económica dominante empecinada
únicamente en vender una globalización que ni
entienden ni practican más que convertida en un sucedáneo
de la esclavización laboral propia del más oscuro
XIX.
Hace tiempo ya que poníamos de manifiesto la existencia
en el ámbito periodístico, en su relación
cotidiana con Internet, de “El otro lado”. Y recordábamos
con regocijo cómo se estremecía la tan cacareada
credibilidad de medios de comunicación tradicionales
que hace tiempo que no contrastan las fuentes y se columpian
anunciando como verídica una pirueta humorística
de activismo político anarquista tan llamativa como la
que protagonizaba en Septiembre de 2002 el denominado “Progress”,
un partido inexistente que había conseguido convencer
a media Europa periodística (seria y rigurosa, contrastadora
de fuentes y de caminos y de canales) de que era verídica
la intención de su página web, donde se proponía
al electorado alemán comprar su voto a cambio de 10 euros
para los comicios legislativos del domingo, bajo el lema “Gane
dinero con su voto”.
Y ese otro lado es el responsable de que en las huestes del
Imperio nadie se de por aludido pese al vocerío que se
alza en derredor. En la “Nueva
Econosuya” parecemos haber superado aquella
primera fase, en la que los poderes establecidos se hartaron
de difundir rumores inconsistentes sobre el peligro de hacer
caso a lo que aparecía en la Red, ante la indefensión
de quien leía para confirmar la procedencia de la noticia
o, incluso, la personalidad de quien decía firmar la
información, de quien hacía el papel periodístico
de intermediario entre la fuente y el lector. Pero parece que
esa fase ha sido ya superada, toda vez que el mundo real se
ha contagiado por completo de los males del virtual, superando
no su virtud, sino sus defectos. La moda de que las entrevistas
sean hechas por imitadores de periodistas, o de que periodistas
televisivos pongan al descubierto vergüenzas varias haciéndose
pasar por quienes no son, pondrá sin duda pronto en alerta
a todo famoso o ciudadano normal sobre la conveniencia de no
fiarse ni de su padre, y mucho menos de un representante de
los medios. Algo que cualquier usuario de Internet, formado
e informado, sabe desde hace tiempo y tiene muy en cuenta. No
vaya a ser que la jovencita rubia de 18 primaveras con la que
se cree chateando se convierta en un fornido leñador
de 40 con problemas psiquiátricos.
La etapa evangelizadora
Pese a todo, el remate a la jugada lo pone un hecho que se alarga
innecesariamente en el tiempo y cuya extensión no sólo
es temporal, sino también espacial, con lo caro que se
nos antoja el papel de prensa, el magazine radiofónico
y el minuto televisivo. En este estudio sobre la cobertura mediática
y el tono informativo de las noticias relacionadas con Internet,
realizado por AccesoMetrix y acceso.com en colaboración
con la AUI, se destaca claramente el predominio del tipo de
informaciones sobre aplicaciones prácticas de Internet,
tales como la televisión por Internet, el control por
Internet de necesidades de la red de cajeros o de máquinas
expendedoras, la gestión electrónica de documentos,
servicios tan obvios como la atención pediátrica
online y un largo etcétera de obviedades que pertenecen
a la mitología cibernética. Seguimos dando como
noticia la mordedura de gato por perro rabioso, como si eso
resultara de interés real y tuviera algo que ver con
la necesidad informativa de quien vive en o para el mundo digital.
Una necesidad que ni tan siquiera comparten ya los menos iniciados
que saben con precisión meridiana usar un buscador como
Google con más eficacia en ocasiones que el becario/colaborador/castigado/desplazado
periodista al que le ha tocado en suerte cubrir el espacio inferior
derecho de la columna de breves con que se debe completar el
suplemento tecnológico de rigor.
El problema como siempre tiene que ver con la credibilidad
digital y con la periodística tradicional,
con la credibilidad a secas. En una época en que todo
el mundo está al(i)erta (sobremanera tras el anuncio
un día de San Juan de 2003 del despido de un 40% de la
plantilla de un lugar donde las viejas historias contaban que
trabajaban muchas señoras a quienes llamaban Matildes),
la credibilidad justamente no es digital o tradicional, ni blanca
ni negra. Y por desgracia se ausenta alegremente de todos los
ámbitos. Aunque no quepa duda de que es la única
herramienta a que podrán acudir los negocios virtuales
si quieren sobrevivir. Decíamos no ha mucho que “si
hay algo tan cierto como que la Tierra gira alrededor del Sol
es que la Red dificulta ocultar las faltas de credibilidad que
antaño se olvidaban con el tiempo y que ahora pueden
ser recordadas por cualquier interesado o por la caché
de Google y otros servicios similares. La hemeroteca de Alejandría
es ya una realidad, para desgracia de algunos y suerte de todos
los demás, que podemos recordar los errores de nuestros
interlocutores y saber con quién tratamos”.
Aunque el problema es que, en lo esencial, los periodistas tratamos
con nosotros mismos y, últimamente, todos los demás
han decidido que para eso se hacen periodistas ellos. El
periodismo ha muerto, al menos tal como lo hemos
concebido hasta ahora, porque sólo puede conducirnos
a la muerte tamañana vulgaridad: el hecho cierto de que
todos somos periodistas. Y cada vez que sondeamos esa defunción
nos encontramos con realidades no deseadas, pero ciertas. Para
Josep Maria Casasús, la posición más cómoda
en el debate sobre los géneros periodísticos es
precisamente la de negar, sin más, su vigencia. De ahí
que afirme que lo más fácil es negar los géneros
de manera rutinaria, espontánea, improvisada, dogmática
y superficial. Y , al contrario de quienes opinan que los géneros
han muerto, Casasús, piensa que se transforman y evolucionan.
¿Pero que mejor forma de (r)evolución hay que
la muerte del Rey que da paso a un nuevo vástago, ansioso
por reandar el camino dejado atrás.
José Javier Muñoz define los géneros periodísticos
como las "diversas modalidades de creación lingüística
que se caracterizan por acomodar su estructura a la difusión
de noticias y opiniones a través de los medios de comunicación
social". Y a mi me gustaría definir al periodismo
digital como las “diversas modalidades de creación
hipertextual que se caracterizan por acomodar su estructura
a la difusión de noticias y opiniones a través
de Internet”, modalidades que van del diario digital volcado
del impreso al weblog más innovador, sin olvidarse de
los cientos de modelos que caminan entre uno y otro en busca
del éxito. Y todos ellos están al alcance de cualquier
profesional, de cualquier ciudadano, como han comenzado a descubrir
por el mundo. Enormemente reveladores son ejemplos como el reciente
caso de OhMyNews,
en Corea del Sur, o Ja-Jan, en Japón, dos periódicos
asiáticos que convierten a los lectores en resporteros
on-line, permitiéndoles remitir las informaciones, para
que luego sea la redacción quien las analice y complete,
si fuera menester.
El impulsor de OhMyNews, el periodista Oh Yeon-Ho, lo tiene
bien claro: "Cada lector, cada ciudadano, es un reportero.
La mayor parte de los contenidos de la publicación son
remitidos por los lectores y, posteriormente, la redacción
analiza, selecciona, completa y presenta las informaciones.
Más de 20.000 reporteros voluntarios colaboran fluidamente
con el diario". Tal vez el periodismo no haya muerto, pero
bien lo parece. Aunque en realidad lo que ocurre es simplemente
que todos somos periodistas (o podemos serlo si nos apetece,
que mal que nos pese a los profesionales es casi lo mismo).
En una información de Wired, titulada Sea
periodista con sólo registrarse online Oh
Yeon-ho intentaba decirlo más alto, más claro,
más obvio: "Con OhmyNews queríamos decirle
adiós al periodismo del siglo XX, donde la gente sólo
podía ver las cosas a través de la mirada conservadora
de los medios establecidos (...) Nuestro concepto central es
que todo ciudadano puede ser periodista. Publicamos todo y la
gente puede juzgar por sí misma qué es verdad
y qué no". Algunos prefieren llamarlo “el
periodista universal”, pero cierta reminiscencia cinematográfica
odiosa y la animadversión hacia el protagonista de la
misma, soldado por más señas en la ficción
del celuloide, me hacen preferir denominarlo “el periodista
global”, que incluye además otros matices ciertos
y enriquecedores, que tiempo habrá en otra ocasión
de referir.
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